PROPAGANDA Y MANIPULACIóN // 27/10/2022

Cambridge Analytica: cuando la propaganda dejó de hablar a masas y empezó a entrar por la grieta

Caso real del archivo: Cambridge Analytica, extracción masiva de datos, perfilado psicográfico y propaganda política personalizada a escala industrial.

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Irak y las armas que nunca estuvieron allí

Hay mentiras políticas que se notan enseguida. Van mal cosidas, se contradicen rápido, tropiezan con la realidad a los pocos días y mueren con una mezcla de vergüenza y chapuza. Luego están las otras. Las mentiras de alto presupuesto moral. Las que se pronuncian con tono grave, se repiten desde atriles, editoriales, platós y dosieres oficiales, y durante un tiempo adquieren la textura psicológica de lo indiscutible. La invasión de Irak en 2003 pertenece a esa segunda especie. No porque todo el mundo creyera exactamente lo mismo, sino porque se fabricó un clima de convicción suficiente para transformar una decisión geopolítica en una aparente obligación histórica.

Durante meses, el argumento central fue machacado hasta volverse casi reflejo: Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Programas activos. Capacidades químicas y biológicas. Ambiciones nucleares. Riesgo creciente. Amenaza intolerable. Todo ello presentado con una seguridad pública llamativa, como si las dudas no fuesen prudencia sino debilidad, como si la cautela fuese un lujo casi inmoral en un mundo que acababa de aprender a temerlo todo después del 11-S.

Luego llegó la parte obscena: esas armas no aparecieron.

Y con el tiempo se hizo cada vez más difícil sostener que aquello había sido un simple error honesto. Lo que emergió fue algo bastante más feo: informes endebles tratados como roca, fuentes dudosas elevadas a base argumental, inteligencia estirada hasta decir más de lo que podía decir, presión política sobre la lectura de los indicios y una voluntad previa de intervención que utilizó la verdad no como límite, sino como material maleable. Primero estaba la dirección política. Después se trabajó la atmósfera para que pareciera inevitable.

Ese es el punto exacto en el que Irak deja de ser solo un “fallo histórico” y se convierte en un caso de estudio mucho más serio. Porque lo que ocurrió allí no fue simplemente una predicción incorrecta. Fue una exhibición brutal de cómo una guerra puede abrirse paso envuelta en un lenguaje de certeza, prudencia y responsabilidad mientras sus fundamentos reales se pudren por dentro.

La decisión primero, la evidencia después

Una de las cosas más inquietantes del caso Irak es la sensación retrospectiva de que la estructura narrativa estaba demasiado lista demasiado pronto. Antes incluso de que existiera una demostración sólida, ya estaba en circulación el marco completo: el dictador irracional, el arsenal oculto, la urgencia, el riesgo de esperar, el deber moral de actuar. Lo único que faltaba era ir rellenando esa plantilla con suficiente material como para que pareciera seria.

Ahí entran los famosos expedientes, informes y evaluaciones de inteligencia que luego se volverían tristemente célebres. El problema no era siempre la invención absoluta. De hecho, la propaganda sofisticada rara vez necesita inventarlo todo desde cero. Le basta con algo más elegante: seleccionar lo conveniente, exagerar lo ambiguo, oscurecer lo dudoso, borrar incertidumbres y presentar hipótesis frágiles como si fueran conclusiones maduras.

Eso fue, en buena medida, el corazón del caso. Una operación de traducción interesada: convertir indicios inseguros en amenaza sólida, sospechas en convicción pública y deseo político en necesidad estratégica.

Y cuando un aparato institucional entero se pone a trabajar en esa dirección, el resultado no suena a delirio. Suena a Estado. Suena a seriedad. Suena a dossier.

Colin Powell y el teatro limpio de la mentira adulta

Si hubo una escena que condensó todo eso con una claridad deprimente, fue la comparecencia de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU en febrero de 2003. Mapas. gráficos. fotografías. tono grave. la estética impecable del hombre razonable que no quiere asustarte más de lo necesario, solo informarte de una amenaza objetiva que ya no permite demora.

Aquello fue propaganda de alto nivel precisamente porque no parecía propaganda. Parecía contención. Parecía profesionalidad. Parecía una persona seria cargando con una verdad incómoda que el mundo debía aceptar.

Años después, esa intervención quedó como una de las escenas más devastadoras de la política contemporánea. No solo por su falsedad material, sino por su forma. Porque mostró hasta qué punto la mentira más eficaz no es la estridente, sino la institucional. La que entra por la puerta grande de la credibilidad. La que adopta el tono exacto de la responsabilidad internacional. La que convierte una agresión en una medida de higiene geopolítica.

Y ahí hay una lección importante: cuanto más grandes son las consecuencias, más limpio suele volverse el lenguaje que las prepara.

La inteligencia como decorado flexible

El escándalo posterior reveló algo que debería haberse quedado grabado a fuego en la memoria pública: la inteligencia no siempre funciona como freno del poder. A veces funciona como utilería de lujo para decisiones ya bastante orientadas.

No hacía falta que todos los analistas mintieran conscientemente. Bastaba con una ecología institucional en la que la presión, el sesgo, el clima político y las expectativas de arriba fueran empujando la lectura de los datos hacia la conclusión correcta. Las grietas se minimizan. Las reservas se pierden en notas al pie. Las dudas se reformulan como probabilidad alta. Y de repente un edificio narrativo enorme descansa sobre materiales mucho más frágiles de lo que el público imagina.

Eso explica también por qué después, cuando todo se vino abajo, el sistema intentó contarlo en clave técnica. “Falló la inteligencia”. “Las fuentes eran defectuosas”. “Los procesos deben mejorarse”. Todo eso puede ser cierto en parte, pero también sirve para rebajar el escándalo moral a un problema de calibración. Como si el drama hubiese sido únicamente metodológico y no político.

El problema no era solo que la inteligencia estuviera mal. El problema era que había apetito de guerra, y ese apetito deformó el uso público de la inteligencia hasta volverla funcional.

Medios, obediencia y fabricación de atmósfera

Otra pieza esencial fue el comportamiento de buena parte del ecosistema mediático. No porque todo periodista mintiera ni porque todos los medios actuaran igual, sino porque demasiados aceptaron el marco central con una docilidad que hoy debería dar vergüenza retrospectiva. En lugar de funcionar como cortafuegos ante una narrativa que empujaba a la guerra, muchos medios ayudaron a normalizarla, amplificarla o embellecerla con una gravedad casi ceremonial.

También operó algo más atmosférico y más difícil de medir: el clima moral posterior al 11-S. El miedo. La retórica de la seguridad nacional. La idea de que esperar demasiado podía ser irresponsable. La sospecha de que cuestionar el relato oficial te colocaba peligrosamente cerca de la ingenuidad o incluso de la deslealtad.

Ese contexto fue decisivo. Porque las mentiras estratégicas no viven solo de datos falsos o inflados. También viven de estados emocionales colectivos. Necesitan un público suficientemente predispuesto a aceptar que el peor escenario probable debe tratarse como si fuera ya una realidad inminente.

Irak fue exactamente eso: una combinación de inteligencia maleable, aparato institucional, amplificación mediática y clima psicológico favorable. La guerra no entró solo por la fuerza. Entró por la administración emocional de la plausibilidad.

Lo que vino después: ruina que no cabe en una rectificación

Cuando se cae la justificación de una guerra, no se deshace la guerra. Esa es una de las verdades más brutales del caso. Las personas muertas no vuelven. Los países destrozados no se recomponen porque años después una comisión concluya que hubo exageraciones, errores graves o certezas injustificadas. La devastación institucional, social y humana no se corrige con un lenguaje retrospectivo más honesto.

Irak quedó arrasado de múltiples maneras. Y esa devastación obliga a decir algo sin adornos: las mentiras estratégicas no se pagan en editoriales de autocorrección. Se pagan en cuerpos, ciudades, desplazamientos, traumas y décadas enteras de desorden geopolítico.

Y sin embargo, el sistema tiene una capacidad casi obscena para metabolizar desastres de este calibre. Primero el escándalo. Luego el informe. Luego la pedagogía de los “errores”. Luego la promesa de lecciones aprendidas. Después, lentamente, la historia se pule hasta parecer un fallo trágico pero abstracto, como si nadie hubiese empujado activamente aquella maquinaria de legitimación.

Ese proceso también forma parte del problema. No solo se fabrica una guerra; luego se gestiona su memoria.

La verdadera herida: ya no basta con que algo suene serio

Tal vez esa sea la cicatriz cognitiva más importante que debería haber dejado Irak: la destrucción del reflejo ingenuo que identifica automáticamente seriedad institucional con verdad fiable. Después de 2003, cada vez que un gobierno invoca información sensible que no puede mostrar del todo, cada vez que una amenaza aparece envuelta en urgencia impecable, cada vez que los medios se alinean demasiado deprisa con una narrativa de intervención, este caso debería volver como mecanismo mínimo de defensa intelectual.

No para negar por sistema toda amenaza futura. No para convertirse en escéptico automático. Sino para recordar algo más simple y mucho más adulto: el poder ha demostrado de sobra que puede vestir una guerra con el lenguaje exacto de la responsabilidad mientras manipula, exagera o fuerza los materiales con los que la justifica.

Esa es la parte verdaderamente inquietante. No que la mentira exista. Las mentiras siempre existen. Lo inquietante es lo bien que puede organizarse una mentira cuando instituciones enteras la necesitan al mismo tiempo.

Y desde Irak, cada vez que la palabra “evidencia” sale demasiado limpia de demasiadas bocas oficiales a la vez, cuesta no escuchar al fondo aquel eco sucio: el de una guerra entrando en el mundo por la puerta principal de la credibilidad, con traje, con informes, con tono grave y con la misma seguridad con la que luego se niega haber vendido humo.

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