OPERACIONES OSCURAS // 14/02/2024
COINTELPRO: cuando el Estado decidió que disentir era una enfermedad
Caso real del archivo: COINTELPRO, el programa del FBI para infiltrar, dividir, desacreditar y sabotear movimientos políticos dentro de Estados Unidos.
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COINTELPRO: cuando el Estado decidió que disentir era una enfermedad
Durante años, mucha gente creyó que la represión política en una democracia moderna tenía límites más o menos visibles. Vigilancia, sí. Fichas, quizá. Algún exceso aislado, vale. Pero fabricar cartas falsas, infiltrar grupos, sembrar paranoia interna, destruir reputaciones, empujar a organizaciones enteras al colapso y tratar la disidencia como una plaga a extinguir sonaba demasiado sucio incluso para decirlo en voz alta. Luego aparecieron los documentos. Y el problema dejó de ser la sospecha. El problema pasó a ser lo obscenamente normal que todo aquello había llegado a ser para el FBI.
COINTELPRO, abreviatura de Counter Intelligence Program, fue una serie de programas secretos del FBI activos sobre todo entre 1956 y 1971. Su misión oficial sonaba, como suele ocurrir, razonable si la dejabas en manos del lenguaje burocrático: vigilar amenazas internas, contener elementos subversivos, proteger la estabilidad institucional. Traducido al castellano humano: infiltrar, desacreditar, dividir, sabotear y neutralizar a personas y movimientos políticos que resultaban incómodos para el poder.
El repertorio de objetivos fue amplio: organizaciones por los derechos civiles, grupos contra la guerra, movimientos independentistas, activistas socialistas, comunistas, feministas, estudiantiles y, de forma especialmente agresiva, organizaciones negras como el Black Panther Party. Martin Luther King Jr. también estuvo en el punto de mira. No por delitos violentos probados. No por una amenaza militar real. Sino porque el aparato consideró que ciertos liderazgos, ciertas ideas y cierta capacidad de movilización eran políticamente intolerables.
Aquí conviene detenerse, porque este es el punto exacto donde mucha gente intenta refugiarse en el autoengaño cómodo. No estamos hablando solo de vigilancia. La vigilancia ya sería bastante siniestra. Estamos hablando de una política activa de descomposición. De entrar en un grupo y volverlo paranoico. De enviar comunicaciones falsas para provocar rupturas. De alimentar rivalidades. De intoxicar el entorno mediático. De usar el prestigio del Estado no para perseguir delitos, sino para fabricar desorden allí donde había organización.
Y eso importa porque cambia por completo la conversación contemporánea. Cada vez que alguien dice “eso sería demasiado burdo”, “eso sería demasiado arriesgado”, “eso no podría hacerse de forma coordinada”, COINTELPRO aparece como una bofetada archivística. Ya se hizo. Ya se diseñó. Ya se presupuestó. Ya se ejecutó con método, formularios y cadena de mando.
La lógica del programa: no observar, sino pudrir
El lenguaje interno del FBI no era especialmente ambiguo. Los documentos hablaban de expose, disrupt, misdirect, discredit, neutralize. Exponer, interrumpir, desviar, desacreditar, neutralizar. Una democracia saludable, aparentemente, necesitaba un vocabulario bastante tóxico para gestionar a sus disidentes.
Lo central no era demostrar ante un tribunal que alguien había cometido un delito. Lo central era impedir que determinadas personas o movimientos ganaran legitimidad, cohesión, apoyo social o capacidad operativa. Es decir: no tanto castigar hechos, sino anticiparse a la posibilidad de que ciertas ideas prosperaran. El enemigo era la organización. El enemigo era la influencia. El enemigo era que la crítica encontrara estructura, ritmo y público.
Esa lógica explica por qué COINTELPRO no se parece a una operación policial convencional, sino a una máquina de guerra psicológica dirigida hacia dentro del propio país. No hacía falta cerrar un periódico si podías ensuciar a quien lo editaba. No hacía falta prohibir formalmente una organización si podías llenarla de sospechas internas hasta que se autodestruyera. No hacía falta censurar abiertamente si podías deteriorar la credibilidad del mensajero con rumores, filtraciones y campañas de descrédito.
Es una técnica muy moderna, por cierto. Mucho más moderna que el cliché del policía golpeando manifestantes a plena luz del día. Lo elegante —si uno es un psicópata con oficina— consiste en fabricar un entorno tan tóxico que el objetivo se desgaste solo. Que dude de todos. Que se fracture. Que se vuelva inoperante. Que empiece a parecer peligroso, inestable o ridículo justo cuando empezaba a resultar eficaz.
Martin Luther King y el arte estatal de la intimidación moral
Uno de los episodios más infames asociados a COINTELPRO fue el acoso contra Martin Luther King Jr. El FBI, bajo J. Edgar Hoover, no se limitó a escucharlo o seguir sus pasos. Intentó destruirlo moralmente. Se realizaron escuchas, se recopilaron detalles de su vida privada y se utilizó ese material para presionarlo y desacreditarlo.
La famosa carta anónima enviada a King en 1964 sigue siendo una de esas piezas documentales que producen una mezcla muy concreta de náusea y lucidez. No porque revele un complot abstracto, sino porque deja ver el tono psicológico del aparato. No era solo vigilancia: era humillación calculada. Era el Estado usando información obtenida clandestinamente para empujar a una figura pública al derrumbe personal. Un mensaje viscoso, cobarde, diseñado para quebrar.
Lo más incómodo de ese episodio no es únicamente su brutalidad, sino el tipo de mentalidad que lo hace posible. Para llegar ahí hace falta que una institución se convenza de que su misión moral está por encima de cualquier límite. Que el adversario político ya no es un ciudadano con derechos, sino una anomalía que debe ser contenida por cualquier medio. En ese momento, la ley deja de funcionar como freno y pasa a usarse como decorado.
Los Panthers, Fred Hampton y el miedo a que alguien organice a los de abajo
Si quieres ver COINTELPRO en su versión más descarnada, mira la persecución contra el Black Panther Party. El FBI los consideró una amenaza mayor no solo por su retórica revolucionaria, sino por algo bastante más peligroso para cualquier estructura de poder: su capacidad real de organización. Desayunos para niños, redes comunitarias, autodefensa, discurso político, presencia territorial, disciplina. Eso ya no era una opinión molesta. Era infraestructura social.
De ahí que el objetivo no fuera simplemente vigilar. Había que romper su cohesión, aumentar tensiones internas, fomentar enfrentamientos con otros grupos, saturar el entorno con sospecha y convertir cada vínculo en una posible grieta. En ese contexto aparece el caso de Fred Hampton, dirigente de los Panthers en Chicago, asesinado en una redada de 1969 en la que la infiltración y la colaboración entre FBI y fuerzas locales forman parte del cuadro histórico más oscuro del episodio.
Hampton tenía 21 años. No era peligroso porque manejara un arsenal apocalíptico. Era peligroso porque estaba articulando alianzas entre comunidades pobres, porque tenía carisma, porque entendía que el poder tiembla más ante una coalición bien pensada que ante mil gritos aislados. El aparato leyó eso con precisión absoluta. Y reaccionó en consecuencia.
Hay una lección amarga aquí: los sistemas suelen tolerar mejor la rabia desordenada que la organización inteligente. El ruido se administra. La estructura, en cambio, compite. Y cuando algo compite de verdad por el sentido, la legitimidad o la obediencia, entonces aparece la tentación permanente de neutralizarlo antes de que crezca.
Cómo salió a la luz: no gracias a un arrebato ético institucional
COINTELPRO no se conoció porque el sistema decidiera transparentarse de repente en un gesto de madurez democrática. Salió a la luz en 1971 después de que un grupo de activistas robara documentos de una oficina del FBI en Media, Pennsylvania, y los filtrara a la prensa. Ese detalle importa muchísimo. La verdad no emergió desde arriba como acto de virtud. Fue arrancada.
Después llegaron investigaciones periodísticas, reacciones públicas y, más tarde, las audiencias del Church Committee en el Senado, que ayudaron a exponer el alcance de los abusos cometidos por agencias de inteligencia y seguridad. Pero el orden real de los hechos conviene recordarlo bien: primero hubo operaciones clandestinas, luego una filtración, luego escándalo, luego investigación, luego promesas de reforma. Ese patrón tiene algo sospechosamente recurrente en la historia moderna.
También es importante recordar que gran parte de la documentación fue destruida o quedó fragmentada. Es decir: incluso lo que sabemos llega incompleto. Lo conocido ya es bastante podrido. Lo desconocido, por definición, no puede tranquilizar demasiado.
Por qué este caso sigue importando hoy
Porque COINTELPRO no pertenece solo al museo de los horrores del siglo XX. Pertenece también al manual conceptual del presente. El decorado cambia: ahora hay plataformas, métricas, perfiles de riesgo, monitorización digital, moderación automatizada, análisis de redes y campañas de influencia a velocidad industrial. Pero la pulsión de fondo es recognoscible: identificar focos de disidencia, mapear relaciones, aislar nodos influyentes, sembrar descrédito y volver sospechoso al que articula demasiado bien un malestar colectivo.
No hace falta afirmar que todo es igual para entender que la genealogía está ahí. Cuando un poder político, policial, corporativo o mediático se obsesiona con la “desinformación”, la “radicalización”, la “seguridad” o la “estabilidad”, la pregunta adulta no es si esos conceptos pueden tener usos legítimos. Claro que pueden. La pregunta adulta es qué se está metiendo debajo de esas palabras, quién lo decide y qué mecanismos reales existen para impedir que vuelvan a usarse contra adversarios incómodos.
Porque una vez aceptas que el disenso organizado puede tratarse como patología, el resto del camino se recorre sorprendentemente rápido. Primero se observa. Luego se clasifica. Luego se aísla. Luego se desacredita. Luego alguien dice que todo era necesario. Y bastante después, cuando los documentos ya no comprometen a casi nadie en activo, descubrimos que la paranoia de ayer era simplemente un expediente esperando a ser leído.
En ese sentido, COINTELPRO es menos una reliquia que una advertencia. No dice solo “mirad qué barbaridad se hizo”. Dice algo peor: “mirad con qué facilidad una democracia puede encontrar razones, tecnicismos y eufemismos para tratar a parte de su propia población como enemigo interno”. Y una vez ves eso con claridad, cuesta mucho volver a escuchar ciertos discursos tranquilizadores sin que te entre una risa muy fea.
Fuentes
- FBI Vault — colección principal de documentos sobre COINTELPRO
- U.S. Senate — Church Committee, materiales oficiales sobre abusos de inteligencia
- National Archives — informe del HSCA sobre Martin Luther King Jr. y el esfuerzo COINTELPRO del FBI
- National Archives — registros liberados relacionados con Martin Luther King Jr.
- Britannica — síntesis histórica y contexto del programa
