OPERACIONES OSCURAS // 26/03/2023
La tortura democrática también llevaba memo y firma
Caso real del archivo: Abu Ghraib, black sites y rendiciones extraordinarias. La tortura no fue un desvío aislado, sino una arquitectura burocrática y política.
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La tortura democrática también llevaba memo y firma
Hay una fantasía muy cómoda con la que las democracias se consuelan cuando sus aparatos de seguridad se pudren: imaginar que el horror aparece solo como exceso marginal, como desviación de unos cuantos sádicos, como una mancha puntual sobre un sistema básicamente sano. Abu Ghraib, los black sites de la CIA y las rendiciones extraordinarias hicieron añicos esa coartada. Lo que salió a la luz no fue simplemente brutalidad. Fue algo peor: una arquitectura. Procedimientos, autorizaciones, eufemismos, asesoría legal, cadenas de mando y un esfuerzo sostenido por convertir la tortura en una práctica administrable sin tener que pronunciar su nombre real demasiado alto.
Cuando las fotografías de Abu Ghraib se hicieron públicas en 2004, mucha gente reaccionó como si estuviera viendo una aberración aislada. Prisioneros desnudos, humillación sexual, perros, sonrisas de soldados posando junto a cuerpos degradados. Las imágenes eran tan obscenas que invitaban casi por sí solas a una lectura tranquilizadora: esto tiene que ser obra de unos monstruos concretos, de unos cuantos individuos podridos, de una anomalía moral fácil de expulsar del cuerpo principal del sistema.
Pero esa lectura se vino abajo en cuanto uno empezó a mirar más allá de la superficie fotográfica. Abu Ghraib no era el problema entero. Era una grieta visual por la que asomaba algo mucho más vasto: un programa de detención, interrogatorio, traslado secreto y violencia sistemática que incluía cárceles clandestinas de la CIA, cooperación internacional, secuestros extrajudiciales y memorandos legales diseñados para hacer administrable lo que, en cualquier lenguaje moral decente, seguía siendo tortura.
Dicho sin rodeos: no fue solo sadismo. Fue diseño institucional. No fue solo crueldad. Fue método. No fue simplemente un grupo de soldados degenerados haciendo barbaridades en un rincón de guerra. Fue el momento en que una democracia imperial enseñó hasta qué punto podía burocratizar el horror si creía tener razones suficientes para hacerlo.
Abu Ghraib no fue una excepción: fue una ventana
Lo importante de Abu Ghraib no es únicamente lo que muestran las fotos, sino el mecanismo de autoengaño que esas fotos activaron. Durante un tiempo funcionaron como cortina: permitieron concentrar la indignación en lo visible, en lo grotesco, en lo fotogénicamente escandaloso, mientras el sistema intentaba contener el daño bajo la narrativa de las “manzanas podridas”.
El problema es que esa explicación se vuelve ridícula en cuanto uno observa el contexto más amplio. Las técnicas de abuso no aparecieron de la nada. La presión por “ablandar” detenidos no surgió espontáneamente en un sótano. El lenguaje operacional, las excepciones jurídicas, la reasignación de límites y la cadena de permisos apuntaban a algo más alto, más frío y más serio. Abu Ghraib fue una ventana accidental al interior de una cultura política y securitaria que ya había decidido que ciertas personas podían quedar suspendidas en una zona donde la ley seguía figurando en los papeles pero dejaba de operar como freno real.
Ese es el detalle decisivo. Las democracias contemporáneas no siempre suspenden sus principios con un gesto teatral. A veces lo hacen mediante memorandos, redefiniciones, clasificaciones, espacios de excepción y tecnicismos cuidadosamente elegidos. El resultado final, por muy administrativo que suene, sigue oliendo igual de mal.
Black sites: la desaparición convertida en infraestructura
Los black sites de la CIA llevaron esta lógica un paso más allá. Ya no se trataba solo de abusos en un centro de detención visible dentro de una guerra visible. Se trataba de prisiones clandestinas, fuera del escrutinio público, donde detenidos considerados valiosos o peligrosos quedaban sometidos a interrogatorios “reforzados”, aislamiento extremo y técnicas de violencia física y psicológica cuidadosamente gestionadas.
Aquí la palabra importante no es solo “secreto”. Es infraestructura. Porque el secreto, por sí solo, no sostiene una operación de este tipo durante años. Hace falta logística, países colaboradores, rutas, personal médico, cobertura legal, cadenas de autorización y una cultura institucional dispuesta a tratar la desaparición temporal de seres humanos como herramienta legítima de seguridad. Eso ya no es descontrol. Eso es arquitectura estatal.
Y precisamente por eso el caso sigue siendo tan corrosivo. No habla de un arrebato. Habla de una decisión: si el derecho molesta, se reinterpreta; si el escrutinio molesta, se desplaza; si la palabra tortura incomoda, se inventa un léxico higiénico para describir lo mismo sin sentir tanto asco al leerlo en un informe.
Rendiciones extraordinarias: cuando secuestrar se convierte en política exterior
El programa de extraordinary rendition añade otra capa especialmente sucia a esta historia. La lógica era sencilla y monstruosa a la vez: capturar a personas sospechosas, trasladarlas fuera de los cauces judiciales normales y entregarlas a jurisdicciones o espacios donde el trato que recibirían sería más brutal, más opaco o más fácilmente negable.
Esto importa porque rompe otra ilusión habitual: la de pensar que el abuso empieza cuando la ley desaparece del todo. En realidad, muchas veces empieza cuando la ley se conserva como decorado y se construyen circuitos paralelos para hacer fuera de foco lo que no podría defenderse frontalmente. No se elimina el marco jurídico; se le abre una trampilla.
Y esa trampilla fue transnacional. Países aliados colaboraron. Aeropuertos se usaron. servicios de inteligencia cooperaron. Custodias se delegaron. La violencia se internacionalizó con una eficacia bastante moderna: repartir responsabilidad es una gran forma de diluirla.
La legalidad como maquillaje: memos, eufemismos y administración del espanto
Una de las dimensiones más siniestras de todo este expediente es el papel de los famosos memorandos legales que ayudaron a redefinir o estrechar el significado operativo de la tortura. Ahí es donde la historia deja de parecer simple brutalidad militar y se convierte en algo más sofisticado y bastante más inquietante: crueldad con asesoría jurídica.
No bastaba con hacer daño. Había que encontrar una gramática que permitiera describir ese daño como algo técnicamente defendible, operacionalmente necesario y jurídicamente administrable. Cuando un sistema llega a ese punto, ya no estamos solo ante violencia. Estamos ante un esfuerzo intelectual por hacer convivir la autoimagen moral del régimen con prácticas que contradicen esa autoimagen de forma frontal.
Dicho de otro modo: el problema no era únicamente que hubiera tortura. El problema era que una parte del aparato se puso a trabajar para que la tortura pudiera vivir dentro del sistema sin obligar al sistema a confesarse a sí mismo lo que estaba haciendo.
Lo verdaderamente devastador: no fue eficaz como prometían
Otra de las grandes justificaciones del programa fue siempre la eficacia. El viejo argumento de la necesidad: sí, quizá es feo, quizá nadie quiere mirar demasiado, pero funciona; salva vidas; evita atentados; arranca información crítica. El problema es que distintas investigaciones y el propio informe del Senado estadounidense sobre el programa de detención e interrogatorio de la CIA terminaron golpeando también esa coartada.
La tortura no solo era brutal y moralmente putrefacta. Además, la narrativa sobre su eficacia estaba inflada, distorsionada o directamente falseada en múltiples casos. Ese detalle importa muchísimo. Porque revela que el horror no siempre se sostiene ni siquiera sobre resultados reales. A veces se sostiene sobre la necesidad política de creer que el horror funcionó para que el sistema no tenga que mirarse demasiado tiempo al espejo.
Lo que deja hoy: cuando el Estado aprende a hacer desaparecer sin desaparecerse a sí mismo
Abu Ghraib, los black sites y las rendiciones extraordinarias deberían haber dejado una cicatriz permanente en la cultura política occidental. No solo porque mostraron abusos concretos, sino porque enseñaron algo más amplio y más peligroso: que un régimen puede seguir llamándose democrático mientras construye espacios, categorías y procedimientos donde parte de sus propios principios dejan de aplicarse con normalidad.
Y ahí llega la parte que todavía da más miedo. Hoy no hacen falta necesariamente las mismas prisiones secretas, los mismos vuelos o las mismas capuchas para reproducir la lógica profunda de aquel sistema. La tecnología actual ofrece herramientas mucho más finas para clasificar, rastrear, aislar, etiquetar, vigilar y deshumanizar a individuos o grupos enteros antes siquiera de que entren en un cuarto de interrogatorio. La distancia entre sospecha, perfil de riesgo, suspensión informal de derechos y tratamiento excepcional puede volverse mucho más corta cuando los medios repiten el marco adecuado y la infraestructura digital trabaja en silencio.
La pregunta que deja mal cuerpo no es solo cómo pudieron hacerlo entonces. La pregunta es qué aspecto tendría hoy esa misma lógica si ya no necesitara tantas cámaras ocultas, tantas cárceles clandestinas ni tanta logística física. Si un sistema fue capaz de construir una burocracia del dolor con memorandos, vuelos secretos y prisiones invisibles, ¿qué podría hacer ahora con vigilancia ubicua, IA predictiva, bases de datos interoperables, plataformas obedientes y una opinión pública entrenada para aceptar que toda excepción es provisional mientras apunte al enemigo correcto? Quizá ese sea el verdadero escalofrío del archivo: descubrir que el horror antiguo no siempre desaparece; a veces solo aprende a actualizar su interfaz.
Fuentes
- ACLU — documentos sobre el abuse de Abu Ghraib
- U.S. Senate — Committee Study of the CIA Detention and Interrogation Program
- Open Society Justice Initiative — Globalizing Torture
- Amnesty International — From Abu Ghraib to secret CIA detention
- North Carolina Commission of Inquiry on Torture — findings on RDI / extraordinary rendition
