CIENCIA, SALUD Y CUERPOS // 16/04/2023

Los químicos eternos tampoco eran una exageración

Caso real del archivo: PFAS, contaminación persistente, silencio industrial y un coste que se queda mucho más tiempo que el beneficio.

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Los químicos eternos tampoco eran una exageración

Hay materiales que se venden como milagros modernos hasta que alguien hace la pregunta incómoda: ¿y esto, exactamente, dónde acaba? En el caso de los PFAS, la respuesta resulta especialmente desagradable, porque acaba en casi todas partes. En el agua, en el suelo, en la sangre, en productos de consumo diario, en cadenas industriales enteras y en una conversación pública que durante demasiado tiempo ha oscilado entre la vaguedad técnica y el retraso interesado.

Los PFAS —sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas— no son un compuesto aislado ni un susto puntual. Son una gran familia de químicos utilizados durante décadas por su resistencia al agua, al calor, a la grasa y a la degradación. Justo esa última cualidad, que los hizo tan útiles para la industria, es también la que vuelve el caso tan inquietante: persisten. No desaparecen con facilidad. No se van. Se quedan.

Y cuando algo útil, rentable y químicamente persistente se queda tanto tiempo en el mundo, el problema deja de ser solo ambiental. Se vuelve político, económico y moral.

Lo importante no es solo que existan: es cuánto tiempo se toleró su expansión

La historia de los PFAS no es la historia de una sustancia maldita descubierta ayer. Es la historia de una normalización larga. De años en los que se incorporaron a espumas contra incendios, textiles, envases, utensilios, procesos industriales y todo tipo de productos con la promesa habitual del progreso práctico: más resistencia, más comodidad, más rendimiento, menos fricción.

El problema es que, mientras el negocio avanzaba, también se acumulaban preguntas sobre toxicidad, bioacumulación, persistencia y exposición humana. Y ahí entra el patrón conocido. Cuando un producto rentable empieza a mostrar un perfil más oscuro del que conviene admitir, rara vez se produce una retirada moral instantánea. Lo normal es otra cosa: estudiar, matizar, discutir, contener, parcelar el problema y seguir ganando tiempo.

Eso hace que el caso PFAS huela menos a accidente aislado y más a una vieja coreografía industrial: primero entusiasmo, luego incomodidad científica, después lenguaje prudente y finalmente una pelea larga para decidir cuánto daño puede reconocerse sin desmontar demasiado negocio.

Los culpables tampoco son abstractos

Como en tabaco o amianto, aquí conviene salir de la niebla. Buena parte de la historia pública de los PFAS pasa por nombres concretos, y dos de los más repetidos son 3M y DuPont, junto a derivaciones corporativas posteriores como Chemours. No porque sean los únicos actores del universo químico, sino porque aparecen una y otra vez cuando se habla de producción, litigios, contaminación y conocimiento interno del problema.

Eso importa mucho. Porque cuando se habla de “los químicos eternos” en abstracto, el lector puede imaginar un desastre difuso, casi natural, como si el problema hubiera brotado solo de la complejidad tecnológica del mundo moderno. No. Hubo producción concreta, decisiones concretas, mercados concretos y beneficios concretos.

Y cuando empiezan a aparecer documentos, pleitos, acuerdos multimillonarios y estudios sobre contaminación persistente, ya no estamos ante una sospecha estética. Estamos ante otro caso en el que la pregunta no es si el sistema desconocía del todo el riesgo, sino cuánto tiempo se permitió que la rentabilidad pesara más que la claridad pública.

El truco de siempre: si el problema es enorme, vuélvelo técnico

Una de las mejores defensas del poder económico cuando el daño se vuelve demasiado grande es volverlo casi imposible de pensar sin un glosario. Y PFAS es un caso ejemplar. Miles de compuestos. Diferencias entre unos y otros. Estudios en evolución. rutas de exposición. discusión toxicológica. evaluación regulatoria compleja. Todo eso puede ser científicamente real y, al mismo tiempo, funcionar como niebla perfecta para el ciudadano medio.

Porque la complejidad tiene una gran ventaja política: desmoviliza.

Si el problema parece demasiado técnico, demasiado molecular, demasiado repartido, demasiadas siglas, demasiadas variantes, demasiadas incertidumbres, mucha gente deja de pensar “esto es gravísimo” y pasa a pensar “supongo que alguien lo estará estudiando”. Esa transición psicológica le ha dado aire a muchísimos negocios.

Y mientras el lenguaje se vuelve especializado, los PFAS siguen viajando por agua, suelos, alimentos, cuerpos y cadenas industriales sin pedir permiso a nadie.

No solo contaminan: enseñan una forma de hacer negocios

Aquí está el corazón del asunto. El caso PFAS no importa solo porque ciertos compuestos puedan estar ligados a riesgos de salud o a contaminación persistente. Importa porque vuelve a mostrar un mecanismo ya demasiado conocido: crear un beneficio privado rápido y dejar que el coste real se disperse en el tiempo, en el espacio y en la biología de otros.

Eso cambia completamente la escala moral del problema. Ya no hablamos simplemente de un químico complicado. Hablamos de una lógica empresarial en la que la persistencia ambiental no es un efecto secundario anecdótico, sino una deuda lanzada hacia el futuro. Una deuda que pagarán comunidades, sistemas públicos, litigios interminables, infraestructuras de limpieza y, en demasiados casos, cuerpos que jamás firmaron formar parte del experimento.

Es el mismo patrón de siempre:

  • el beneficio se privatiza
  • el daño se socializa
  • y la discusión pública llega cuando la contaminación ya lleva años instalada

Lo más inquietante: ni siquiera hace falta una catástrofe visible

Quizá esa sea una de las razones por las que PFAS cuesta tanto emocionalmente. No hay una única fotografía que resuma el desastre. No hay un incendio moral instantáneo. No hay una escena única que fuerce a reaccionar. Lo que hay es algo más moderno y bastante peor: una contaminación distribuida, silenciosa, persistente, sin dramatismo cinematográfico pero con capacidad de quedarse durante muchísimo tiempo.

Ese tipo de daño es perfecto para la irresponsabilidad organizada. Porque si nadie ve el desastre de una sola vez, siempre hay margen para ralentizar su interpretación. Y mientras se ralentiza la interpretación, la estructura económica se protege.

La pregunta que deja mal cuerpo

La parte verdaderamente fría del caso PFAS no es solo que haya “químicos eternos”. Es preguntarse cuántos productos, materiales o tecnologías actuales están ya siguiendo la misma lógica: utilidad inmediata, daño incierto pero preocupante, complejidad técnica usada como escudo y coste real desplazado al futuro.

Si el siglo XX perfeccionó negocios basados en vender dependencia, contaminar lento o ganar tiempo frente a la evidencia, el siglo XXI puede hacer algo todavía más sofisticado: combinar química, datos, opacidad regulatoria y persuasión masiva para que un daño estructural parezca demasiado complejo como para despertar indignación clara.

Y quizá ese sea el verdadero escalofrío que dejan los PFAS: no solo que permanezcan en el agua o en la sangre, sino que revelan una forma de producir mundo donde lo rentable puede quedarse dentro de nosotros mucho después de que quienes lo vendieron ya hayan cobrado.

Advertencia práctica: probablemente ya convivimos con ellos más de lo que nos gustaría

Lo más incómodo de los PFAS es que no viven solo en informes ambientales o en litigios contra gigantes químicos. Durante años se han utilizado o se han asociado a usos cotidianos y muy corrientes: sartenes y utensilios antiadherentes, envases de comida rápida resistentes a grasa, textiles impermeables, chaquetas técnicas, alfombras tratadas, espumas contra incendios, ciertos cosméticos, algunos productos de limpieza industrial y materiales diseñados para repeler agua, manchas o calor. No significa que todo objeto cotidiano contenga automáticamente PFAS ni que cualquier producto moderno sea un veneno disfrazado. Significa algo más inquietante: que durante mucho tiempo se normalizó una lógica de utilidad práctica donde la persistencia química y la exposición difusa podían seguir avanzando muy por delante de la conciencia pública. Y si eso ocurrió con objetos tan corrientes como envases, tejidos, utensilios o recubrimientos, la pregunta no es solo qué se usó ayer. La pregunta es cuántas comodidades aparentemente inocentes de hoy volverán dentro de unos años convertidas en otro expediente incómodo.

Fuentes